Decir que los gringos nos invaden con cintas adolescentes sobre quarterbacks, cheerleaders y nerds no es descubrir la pólvora. Muchas de ellas son unos verdaderos bodrios, pero entre tanto barro, de pronto sale una pepita de oro, como “Can’t Hardly Wait” y “Mean girls”.
Una de estas excepciones es “The Girl Next door” cinta sobre un estudiante que más que un imbécil nerd, es un tipo que se dedicó a hacer lo que debía hacer: estudiar. Nada de Club de Matemáticas o de Ajedrez. Y su objetivo es llegar a la Universidad de Georgetown, Washington DC, y ser presidente. Todo becado, por supuesto.
Una de estas excepciones es “The Girl Next door” cinta sobre un estudiante que más que un imbécil nerd, es un tipo que se dedicó a hacer lo que debía hacer: estudiar. Nada de Club de Matemáticas o de Ajedrez. Y su objetivo es llegar a la Universidad de Georgetown, Washington DC, y ser presidente. Todo becado, por supuesto.
De pronto, conoce a una estrella porno en busca de una vida normal.
La premisa inicial es lo suficientemente clara como para entender el desarrollo de la cinta. Se conocen, el se la quiere tirar, ella se enoja, el la busca, sufre la Odisea del siglo, y la recupera. Se casan y toda esa faramalla. Pero el peak de esta cinta va por otro lado, siendo los interesantes detalles artísticos y de producción los que le dan un toque mágico a este metraje.
Punto uno, los actores. Emile Hirsch, como el joven, Eliza Cuthbert como la pornstar y Timothy Olyphant como el productor de películas xxx, los que se suman al par de amigos del jovencito de la película, uno con problemas de aurtoestima, y el otro con demasiada. El ensamble es casi perfecto, y todos son queribles, desde el jovencito de la película hasta el idiota más popular del colegio.
Punto dos, la historia. No en su desarrollo, sino en su premisa. Teniendo la industria pornográfica un alcance similar al del fútbol, al menos en el mundo occidental, es fácil tomar elementos de esta mezcla social, la del suburbio con Las Vegas, y mezclarla en una licuadora para que todos, desde Chile hasta Londres, se conecten con los personajes.
Y punto tres, el espacio para la experimentación. De cuando en cuando, aparece una secuencia musical, con un objetivo mas allá de la información pura y dura, en especial la final, la del futuro de todos los involucrados, con “Baba O’Reilly”, de The Who, de fondo.
El resto, sorpresa. La idea es que la vean. la estan dando en el cable. E igual vale la pena arrendarla, si es que arriendan.
La premisa inicial es lo suficientemente clara como para entender el desarrollo de la cinta. Se conocen, el se la quiere tirar, ella se enoja, el la busca, sufre la Odisea del siglo, y la recupera. Se casan y toda esa faramalla. Pero el peak de esta cinta va por otro lado, siendo los interesantes detalles artísticos y de producción los que le dan un toque mágico a este metraje.
Punto uno, los actores. Emile Hirsch, como el joven, Eliza Cuthbert como la pornstar y Timothy Olyphant como el productor de películas xxx, los que se suman al par de amigos del jovencito de la película, uno con problemas de aurtoestima, y el otro con demasiada. El ensamble es casi perfecto, y todos son queribles, desde el jovencito de la película hasta el idiota más popular del colegio.
Punto dos, la historia. No en su desarrollo, sino en su premisa. Teniendo la industria pornográfica un alcance similar al del fútbol, al menos en el mundo occidental, es fácil tomar elementos de esta mezcla social, la del suburbio con Las Vegas, y mezclarla en una licuadora para que todos, desde Chile hasta Londres, se conecten con los personajes.
Y punto tres, el espacio para la experimentación. De cuando en cuando, aparece una secuencia musical, con un objetivo mas allá de la información pura y dura, en especial la final, la del futuro de todos los involucrados, con “Baba O’Reilly”, de The Who, de fondo.
El resto, sorpresa. La idea es que la vean. la estan dando en el cable. E igual vale la pena arrendarla, si es que arriendan.



